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Fuera

Margarita Álvarez

La palabra “extranjero”, como la palabra “extraño”, incluye el prefijo “extra” que quiere decir “fuera de”.. No es el único prefijo en español que tiene este sentido. También, por ejemplo, el prefijo “des-”, que encontramos en palabras de mucha actualidad como “desplazado”, “desalojado”, “desahuciado”. Las tres refieren un estado que el sujeto sufre a causa del Otro.

Así, hoy en día muchas personas son desalojadas de sus hogares, desahuciadas, por no poder afrontar los pagos de sus hipotecas; mientras que millones de otras, son desplazadas de sus hogares y países, por conflictos bélicos o situaciones de violencia generalizada, aspirando entonces a encontrar refugio y una vida posible en otros.

El verbo “desahuciar” está formado por el prefijo “des-” y “ahuciar”, un verbo poco usado en el español actual: quiere decir “esperanzar” o “dar confianza”. Así que “desahuciar” quiere decir perder toda esperanza y toda confianza. Podemos decir ese sería el estado de muchas de estas personas desalojadas de sus hogares o desplazadas de sus países, dentro y fuera de las fronteras europeas.

El hecho de ser desplazado, desalojado, en suma despojado de lo que se posee, pone al sujeto, o al colectivo que lo sufre, cuando menos, en una situación desigual o asimétrica respecto a los otros que no lo están, y por lo general en riesgo o situación de exclusión.

En relación al primer caso, podemos decir que la igualdad o la desigualdad se miden siempre en tanto a un rasgo cualquiera, por ejemplo tener una casa o disponer de pasaporte. No implica nunca que uno sea igual o desigual al otro en todo. Esa igualdad no existe en el mundo humano: el sujeto siempre es particular, su goce singular, hasta las identificaciones son siempre parciales.

Sin embargo, el empuje identificatorio para situarnos a nosotros mismos y a nuestros allegados, es decir, para construir un mundo en que sentirnos seguros, hace que, con frecuencia, cuando compartimos un rasgo con el otro creamos que lo compartimos todo; y que, por lo mismo, cuando no compartimos un rasgo con él, tendamos a situarlo como distinto, y a segregarlo fuera de nuestro mundo, como alguien extraño o extranjero a nosotros, “fuera de”.

Lo extranjero más radical

Me refiero aquí a una noción de extranjero más amplia y radical que la empleada habitualmente. Más que el extranjero sería “lo” extranjero, eso Otro en el otro, que impide que nos identifiquemos con él.

En Una política para los seres hablantes, Jean-Claude Milner aproxima la noción de extranjero a partir del lenguaje: el extranjero para un ser hablante, es otro ser hablante al que no puede situar en el interior de su espacio hablante, que es un espacio social. Él señala que, en la actualidad, se tiende a pensar al extranjero en términos asimétricos, en relación a lo que uno considera su centro de referencia: uno mismo por ejemplo, determina lo que es extranjero para él pero no se plantea si él es extranjero para el otro.

Sin embargo, Milner sitúa que en la Grecia clásica no existía esta asimetría: la noción de extranjero era recíproca. Uno era extranjero para aquel que era extranjero para él, del mismo modo que era enemigo de su enemigo o huésped de su huésped. En este sentido, lamenta que, en el caso de los refugiados hacinados en campos, se hable de “país hospedante” pues no se les trata con reciprocidad. No es lo mismo, dar refugio que acoger.

La tesis de Milner es que uno solo es “uno mismo” en tanto pertenece a un círculo de pertenencia -es decir, cuando se siente “dentro de”, lo opuesto al “fuera de”. En el mundo antiguo, el extranjero era alguien que no pertenecía a él, pero se consideraba que pertenecía a otro; no era del mismo país, de la misma ciudad, pero era de otros. Eso hacía que los hombres se consideraran iguales, lo que favorecía la identificación y la acogida temporal en el propio círculo.

En este sentido, la palabra “xenofobia” ni existía ni podía existir. La palabra “xenos” era solo una manera de nombrar a aquel cuyo nombre no se conocía, pero al que se suponía un igual. Tan pronto como se le nombraba desaparecía el miedo y podía acogérsele -excepto en la tiranía, precisa, donde el miedo no desaparecía: el primer signo de la tiranía es la ausencia de hospitalidad.

Entonces, en este mundo, si alguien era extranjero, los demás también lo eran para él. La extranjería designaba así el lazo social por excelencia.

Pero no todo era recíproco. Había los allegados, “los míos”; también estaban los extranjeros con los que se mantenía un lazo de reciprocidad; y, por último, aquellos humanos con los que no mantengo ningún tipo de lazo, que Milner califica como “los más-que-extranjeros”.

Habría entonces dos tipos de extranjeros: aquellos con los que hay un lazo recíproco, los extranjeros de lo Mismo; y los extranjeros con los que no se mantiene ningún lazo, los más-que-extranjeros o extranjeros del Héteros.

Podemos pensar que estos últimos encarnan lo extranjero, lo Otro.

Si para Milner, las teorías humanistas se ocupan de los primeros según el lema “Nada humano me es ajeno”, son los segundos quienes definen la axiomática moderna de la exclusión: los extranjeros “más-que-extranjeros” existen; tienen forma humana pero no podemos atribuirles los mismos sentimientos que tenemos nosotros, nuestra misma vida. Entiendo que si falla la identificación del otro como semejante, amigo o rival, entonces entramos en la pendiente de no situarlos entonces como humanos sino como cosas.

En una época en que consumimos con normalidad productos fabricados en la otra punta del mundo o nos relacionamos a través de las redes sociales con personas de cualquier lugar, se da la paradoja de que podemos creer que uno comparte el mismo círculo de pertenencia con alguien que vive en las Antípodas, y no pensar lo mismo respecto a alguien que duerme en la calle a la vuelta de la esquina de casa o que trata de forzar la verja de entrada para entrar en el país.

El problema no son los extranjeros en el sentido de personas procedentes de otro país, los que tienen otra lengua u otras costumbres. Son aquellos, de mi mismo país o no, que no puedo incluir en mi circulo de pertenencia, que es siempre simbólico e imaginario pero incluye una modalidad de satisfacción hasta cierto punto conocida o compartida. Y que tampoco puedo situar en otro círculo.

Cuando el otro está excluido del Otro, caído de él, cuando no podemos identificarnos e identificarlo por medios simbólicos lo reducimos a una cosa, identificándolo a su ser de goce. Y, entonces, surge el horror y queremos que no se acerque, que se quede o se vaya “fuera”.

En nuestra época, los conflictos, motivados por la religión, las fuentes de riqueza o las fronteras, no dejan de crecer a la sombra de un capitalismo librado a sí mismo, que nos sitúa a todos, países y personas, en riesgo de exclusión, reducidos a restos caídos del sistema, no contabilizables, sin interés para el Otro.

La acción del sistema empuja de múltiples maneras al desahucio con las consecuencias que he anotado al comienzo de pérdida de “toda esperanza, de toda confianza”. Crear las condiciones para la posibilidad de un mundo más habitable, de no-desahuciados, donde pueda haber esperanza, ese es el reto.

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