Antoni Vicens

Bismarck decía que, tratándose de una noción geográfica, todo aquél que hablara de Europa estaba equivocado. En general la tomamos como una unión política, geográficamente cambiante, desde los seis Estados de los Tratados de París y Roma hasta los 28 actuales. Pero no hay unas fronteras naturales que acojan una única nación. ¿Es Europa siquiera un continente?
Tras la Gran Guerra, ahora hace cien años, Paul Valéry escribía: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” Se atribuye a Napoleón la idea de que la geografía es el destino. La cuestión es si la realidad geográfica es suficiente para determinar el destino de una civilización. En tiempos de Valéry, a diferencia de los actuales, la realidad geográfica de Europa era colonial; su configuración física como extremo occidental de Asia no definía lo suficiente su destino. Valéry describía Europa contrastando su ser — un pequeño cabo del continente asiático — y su apariencia, “la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo”. Estas hipérboles apuntaban irónicamente a un destino aciago que no tardaría en realizarse.
Ese era el espíritu europeo, “autor de prodigios” — y de horrores, hay que decirlo. El cabo Europa “mira naturalmente hacia el oeste”. A decir de Valéry, sus habitantes, o sus ciudadanos, parecían tributarios de tres tradiciones: Jerusalén, Grecia y Roma: moral subjetiva, constante referencia a la perfección del cuerpo y al espíritu humanos y política de Imperio. Todo ello sometido a una disciplina de la que surgiría la ciencia. Esa era Europa.
Jacques Derrida, comentando estas expresiones de Paul Valéry, añadía algo que al poeta se le escapaba: justamente el valor de esa punta continental extrema, ese finis terrae, como “punto de partida para el descubrimiento, la invención y la colonización”. Con lo que Derrida nos hace pasar del cabo a la capital. Europa habría fallado siempre a la hora del acontecimiento capital: su aparición frente a sí misma. El espejo se ha roto en el momento de asumirse a sí misma. O sea: Europa no tiene capital; Europa no es la capital del mundo. Capitalistas, las capitales lo han sido como metrópoli de sus colonias.
A eso respondía el mapa usual que, aún hoy, sigue el sistema de proyección del flamenco Mercator (el nombre no hace la cosa, pero casi). Aunque el mapa original tenía el centro en el océano Atlántico (en la longitud de Fuerteventura), las versiones posteriores lo trasladaron al meridiano de París, Madrid, Lisboa, etc., hasta fijarlo en Greenwich. En el centro del mapa está entonces Europa, y en su periferia las tierras colonizables. Desde su posición de amo, Occidente quiere contemplar las otras civilizaciones como integrables en un vasto proyecto universalizante (cf. Lévi-Strauss, Raza e historia). Nuestro “modo de goce” se impone, con el respeto debido al Otro, tratándolo de “subdesarrollado”. Sin reconocer lo precario de nuestro modo, que “sólo se sitúa por el plus-de-gozar”, disfrazábamos nuestras exacciones con una fingida y cortés humanitariería. (Cf. Lacan, Televisión. El término de “exacción” se aclara en Kant con Sade). Les agradecemos el chocolate y la sangre con besitos y museos.
Eso fue así durante siglos. Hasta que el cartógrafo chino Hao Xiaoguang ha pintado las cosas de otro modo. En 2004, Hao diseñó su mapamundi vertical (http://english.whigg.cas.cn/ns/es/201312/t20131211_114311.html). Al principio sirvió para planificar los viajes de la marina china, una fuerza militar en ascenso; en 2006 se convirtió en el mapa oficial del ejército; desde 2014 es público.
Como comenta Anne-Marie Brady, una politóloga australiana del Wilson Center, en su libro China as polar great power, “la carta vertical reajusta completamente el mapamundi para destacar la significación de los océanos y de las regiones polares, con lo que crea una nueva perspectiva geográfica.” El resultado es una gran isla formada por Europa, Asia y África, rodeada por vastos océanos. China ocupa un lugar central, los EEUU quedan a un lado, África es un gran patio y Europa se agazapa en una esquina. Con este mapa, “toma forma una nueva geopolítica que refleja el nivel sin precedentes de la interconectividad del comercio, de la comunicación y de las migraciones; los acuciantes intereses del futuro, que incluyen los suministros de alimento y la seguridad de las fuentes de energía; las consecuencias del cambio climático en la geopolítica; y, finalmente, el ascenso de un nuevo poder global. China aspira a estar en el corazón de este nuevo orden.”[i]
Para leer el mapa de Hao hay que acostumbrar la mirada a la pintura tradicional china, como por ejemplo las obras de Shi Tao, con su arte de los espacios vacíos. Más que en China, el centro está en el océano Índico. Los polos no soy ya una terra incognita. La Antártida, en el centro de la mitad inferior, queda reducida a unas dimensiones más “naturales” que en el mapa de Mercator. El polo norte es la vía marítima entre Asia y América del Norte. Australia, Asia y África aparecen como un inmenso continente; Europa queda allá arriba a la izquierda, finis terraeen otro sentido. La base del mapa es el mar, como la vía más económica de comunicación.
Ahí ya no hay más Oriente ni Occidente; los surcos trazados por la lluvia en la superficie siberiana que llamaron la atención de Lacan se convierten en las amplias avenidas de los oceános, donde las rutas se trazan líquidas como los ideogramas sobre el papel, donde se instalan los grandes cables de la interconexión planetaria, donde se desplazan las mercaderías condensadoras del plus-de-gozar y donde se anudan las nuevas relaciones de poder. Y donde silenciosamente desaparecen los cuerpos, de uno en uno.


[i]Cf. también Limes. Rivista italiana di geopolitica, 11/2018. Mapa 8 y pág. 34. Más que trazar un universo sinocéntrico, parece privilegiar las vías líquidas de la comunicación.