Enric Berenguer

Lo político y los modos de identificación de las que en cada época se sirve el discurso del amo dependen de los medios de comunicación que la técnica pone a punto. B. Anderson, en Imagined communities, estudió el papel de la prensa naciente en la construcción de relatos capaces de producir nuevas comunidades políticas en el Nuevo Mundo. Sin ellos, la aventura de la independencia hubiera sido imposible, facilitando el desarrollo rápido de un sentimiento de pertenencia. El vínculo “natural” con la tierra fue decisivo en construcciones que, como demostró Martínez Peláez en su libro La patria del criollo –sobre Guatemala–, convirtieron a los propios indígenas en elemento exótico del paisaje, extranjeros en su tierra, donde habían nacido.
El extranjero es, como el natural, una construcción de discurso. Se los opone en una falsa complementariedad de categorías que acaban revelando su inconsistencia, aunque el discurso oficial trata de mantenerlas como sea.
Pero los flujos relacionados con la gestión planetaria del goce y sus restos exigen el atravesamiento de las fronteras, que no por ser clandestino forma menos parte del sistema. Los movimientos de población responden a un economía, mercado secreto de los deseos y la pulsión.
La sutileza de las relaciones entre el amo y el esclavo en el mundo antiguo, en relación a los medios del goce, no ha cesado, ha tomado nuevas formas y se ha internacionalizado. El extranjero, privado de derechos civiles, es necesario para mantener el sistema. Lacan advertía en el Seminario XVII: “El proletario no está simplemente explotado, es alguien que ha sido despojado de su función de saber. La pretendida liberación del esclavo ha tenido, como siempre, otros correlativos. No es sólo progresiva. Sólo es progresiva al precio de una expoliación.” El nuevo proletario mundial atraviesa el Estrecho en patera. Y como “no es propiedad”, ni siquiera su muerte tiene un coste.
La fantasía de una invasión sin límites no resiste el análisis económico. El caso de España lo ha demostrado: destino de migraciones durante un tiempo, con la crisis económica vio como la inmigración casi se agotaba, muchos volvieron a su tierra. Hasta plantear problemas económicos para el sostenimiento de la seguridad social y las pensiones, por el envejecimiento poblacional. A pesar de ello, España está en la cola en el cumplimento de compromisos adquiridos con la UE sobre cupos de refugiados –sólo por delante de Hungría y Polonia– y muy por detrás de Portugal, con menos recursos y menor población.
No esperábamos más del país que expulsó a judíos y moriscos, donde un descendiente de guineanos tiene que justificarse por ser español, donde en las series televisivas, las de Madrid y las de Barcelona, los latinos forman parte de bandas, las negras son putas y los magrebís sospechosos. Y donde se ha olvidado que, hasta hace poco, los latinoamericanos que venían eran los afortunados visitando a parientes pobres.
En un mundo global, por otra parte, las identidades políticas se refuerzan mediante los nuevos medios de comunicación. Estos producen consistencias imaginarias poderosas, de grandes bloques supuestamente homogéneos, borrando la complejidad creciente de las sociedades modernas. Las comunidades ideales de sujetos autoidentificados agravan la incapacidad para soportar cualquier avatar del Otro. ¿Qué hacer con los restos, con lo que sobra en una imagen de felicidad sólo afianzada por el temor de que otro la destruya, o con lo que lastra los esfuerzos por conseguirla?
Los extranjeros, públicamente denostados, son anhelados secretamente para recoger los restos y encargarse de aquello de lo que los locales no quieren o no pueden. Pero si bien en el pasado se trataba sobre todo de lo relacionado con la basura, a ello se añade hoy el cuidado de los viejos, que en la sociedad del mercado generalizado son una carga. Lo mismo se puede decir del cuidado de los niños, un problema para padres acuciados por hacerse un lugar en la sociedad hipercompetitiva.
En un efecto sintomático inesperado, las sociedades occidentales necesitan más al inmigrante. Dependen de ellos también para lo que, con Lacan, llamaremos “las cosas del amor”, las que deja de lado “todo orden, todo discurso, emparentado con el capitalismo”.
Amanda (nombre ficticio, de resonancias victorjarianas), vino hace pocos años. De rasgos indígenas marcados, habla español con precioso acento guaraní y un catalán correcto. Lo estudió en una escuela de idiomas para extranjeros, pero lo aprendió de verdad cuidando a tres niños a quienes adora y que la adoran –su ocupación después de mucho tiempo limpiando pisos. El pequeño, “con TDAH”, recién empieza a atender a la palabra de alguien, encarnado en la figura de su exótica baby sitter, de paciencia inusual y tierno abrazo, cuya consigna es que ante todo hay que respetar a los niños.
Su analista cuestionó que siguiera alquilando una habitación a una señora catalana con un hijo muy extraño, que además de hacerle pagar puntualmente el alquiler la hacía sentir mal si no limpiaba la casa – extraoficialmente. Un día Amanda se preguntó por qué, en efecto, no se autorizaba a separarse de aquella persona que la despreciaba un poco y la explotaba otro poco. ¿Buscaba allí algo que su madre tampoco le había dado, un reconocimiento? Pudo irse. Actualmente paga lo mismo compartiendo piso con tres chicos catalanes que la tratan como a una reina y le presentan a sus amigos.
Ella estudió en su país Administración empresarial. Soñaba con un futuro como ejecutiva. Ahora descubre en la educación infantil su vocación. Los niños que cuida fueron en realidad quienes la acogieron en este país, en otra lengua. Hablarlo en análisis le ha facilitado situar eso como un nuevo comienzo. Estudiará pedagogía. De momento, le enseña al pequeño inquieto por qué no debe burlarse “de los negros” por la calle..
Mientras, en muchos bares suena el reggaetón.