Oscar Ventura

Difícil contradecir que asistimos a un momento inquietante del estado de la civilización en su conjunto. Y obviamente Europa no está exenta de las turbulencias que pueden hacer bascular su destino inmediato. Son plurales y diversas las voces que alertan sobre el peligro que se cierne sobre las democracias, sobre el conjunto de los derechos civiles conquistados, sobre la dignidad misma del sujeto que habita en cada uno.
Lo que resiste del mundo intelectual, la opinión ilustrada que aún conservan algunos países, el aparato crítico que sobrevive, heterogéneo sin duda, transmite una enunciación pesimista del porvenir, una inquietud legítima por el destino inmediato del lazo social y sus formas de regulación.
La amenaza tiene nombres propios, tanto simbólicos como encarnados. El discurso político se esfuerza por llamarla ultraderecha, para enmarcar dentro del campo ideológico al discurso del odio que se multiplica, sin encontrar fórmulas efectivas de amortiguarlo, ni de detener su deriva. El significante neo fascismo, opaco y difícil de darle una significación que pudiera definirlo con cierta precisión, ocupa también un lugar privilegiado de los análisis.
Con frecuencia se despliega el argumento de que las coyunturas políticas actuales europeas son homologables a la de los años treinta del siglo XX. Y no se puede negar que una serie de acontecimientos ofrecen consistencia a estos argumentos. El retorno de los nacionalismos que se encarna en el surgimiento de líderes llamados populistas, la violencia cada vez más frecuente, ejecutada por los aparatos represivos de los estados, al amparo muchas veces de una dudosa consistencia jurídica. Más un elemento clave que se materializa en el rechazo de las diferencias, organizan un discurso que vaticina el comienzo de una nueva forma de totalitarismo.
En fin, las voces de denuncia se multiplican. Y dan cuenta de la impotencia de las democracias para desactivar los mecanismos que han desencadenado la deriva autoritaria. No obstante se insiste en que el antídoto contra el odio podría ser neutralizado por la democracia misma, como si la enorme crisis de confianza que atraviesa el lazo social mantuviera al significante democracia a distancia, como si fuera inmune a la caída generalizada de los semblantes.
Resulta evidente -y no es algo nuevo- la degradación a que el significante democracia está sometido. Porque en realidad todos estos acontecimientos de generalización del odio se juegan en su propio marco. Y con frecuencia en su nombre propio. Creo que es lícito preguntarse si no ha llegado el momento de hacer el duelo definitivo por las formas de democracias representativas. La política, hace tiempo ha dejado de ser un factor real de poder, en beneficio de convertirse en una burocracia fagocitada por la lógica circular del discurso capitalista. Y este es el real de la época. Ubicarlo con precisión permita, tal vez, la oportunidad de agujerarlo.
Es curioso verificar la vertiginosidad con que las conquistas que se han ejecutado a partir de una enunciación política que ponía en primer plano lo común, el ciudadano, la subjetivación de la alteridad como ejercicio de una política orientada, se diluyen o son seriamente cuestionadas y deberían ser rectificadas o abolidas. Es desde el corazón mismo de las democracias que brota el discurso del odio. Y no hay amor que pueda neutralizarlo. Los velos que la democracia podía tejer en beneficio de neutralizar la potencia de la pulsión de muerte están desgarrados. Y lo que se impone es un discurso sin complejos y sin piedad ninguna. La proliferación del cínico y del canalla son los efectos de una destitución salvaje del Otro. De una operación discursiva que clausura los tiempos de comprender. El peligro que se cierne, es que el odio suture los agujeros donde escribir la letra de una contra-experiencia. Aquí reside el desafío.
Europa corre el riesgo de entregarse a la experiencia del olvido ciego de lo que significó su traumatismo contemporáneo , su agujero radical que se encarna en la experiencia de la Shoah, esa coagulación inédita de la pulsión de muerte que allí se fija. Hay un antes y un después de la historia de la humanidad después de eso.
Sus réplicas a escala planetaria no han podido ser reguladas por las democracias construidas en la posguerra, a lo sumo las han externalizado, -como quien pretende ahuyentar sus propios sueños-. Cuando no consentido y apoyado, la inercia puesta en juego de este real sin ley no cesa de escribirse. Y hoy, bajo coordenadas diferentes vemos emerger la potencia destructora que anidaba en el huevo de la serpiente.
Cualquier contra-experiencia contra el odio no puede dejar de tener en cuenta que las democracias de las posguerra están atravesadas por este agujero, una verdadera aspiradora.
Los procesos de segregación son imposibles de regular sino se consigue una subjetivación posible de su causa. El rechazo de la alteridad, se fije donde se fije en el lazo social es el fundamento de la cuestión. Y su tratamiento no concibe un cierre sin restos, la potencia y la magnitud de goce que vehiculizan no se desactiva.
Por ello cualquier contra-experiencia democrática, si podemos decirlo así, no puede dejar de bordear este real que se impone. No se trata de construir un destino, sino mas bien de agujerear la teleología, de ir a contrapelo de las causas finales y sus soluciones.
El lazo social no está orientado por la representatividad de las burocracias políticas, sus semblantes están diluidos. Más bien son las demandas heterogéneas y plurales que pueden objetar el empuje a lo peor, se trata de como hacer para perpetuar en el tiempo  espacios de poder. Estando advertidos de que ninguna estabilización en la que se pueda pensar nos es más que transitoria.